Mirar un arcoíris, elegir un marcador o reconocer una señal de tránsito son acciones cotidianas que dependen de un mecanismo realmente impresionante: la percepción de los colores. Pero ¿cómo logra el ojo humano distinguir tonos tan variados? La respuesta está en unas células microscópicas que trabajan sin descanso en el fondo de nuestros ojos.
La visión del color comienza cuando la luz entra por la pupila y llega a la retina, una capa ubicada en la parte posterior del ojo. Allí se encuentran los fotorreceptores, células especializadas capaces de transformar la energía luminosa en señales químicas que luego viajan hacia el cerebro. Entre esos fotorreceptores, los protagonistas de los colores son los conos.
El papel de los conos en la visión de los colores

Los conos son células fotosensibles que se ubican en la retina y permiten que podamos percibir los colores con claridad, especialmente cuando hay buena iluminación. Según explican especialistas en salud visual como los de All About Vision y el Instituto de Ciencias del Color (ICRC), existen tres tipos de conos, cada uno sensible a diferentes longitudes de onda de la luz:
- Conos tipo L: reaccionan principalmente a longitudes de onda largas, asociadas al rojo.
- Conos tipo M: responden mejor a longitudes de onda medias, vinculadas al verde.
- Conos tipo S: se activan ante longitudes de onda cortas, relacionadas con el azul.
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El cerebro combina la información que envían estos tres tipos de conos y, a partir de esa mezcla, construye toda la gama de colores que percibimos. Por eso se dice que nuestro sistema visual funciona sobre la base de tres colores primarios: rojo, verde y azul.
Cuando vemos, por ejemplo, el color amarillo, no existe un “cono amarillo”. Lo que ocurre es que se activan en simultáneo ciertos conos sensibles al rojo y al verde, y el cerebro interpreta esa combinación como amarillo. Este proceso sucede en fracciones de segundo y de manera completamente automática.
¿Todos vemos los colores de la misma manera?

Aunque la mayoría de las personas comparte el mismo sistema de tres tipos de conos, no todos percibimos los colores exactamente igual. Algunas alteraciones en estos fotorreceptores pueden generar dificultades para distinguir ciertos tonos, como ocurre en distintos tipos de daltonismo.
Además, existe un fenómeno poco frecuente llamado tetracromatismo. En estos casos, la persona posee cuatro tipos de conos en lugar de tres. Esto le permitiría distinguir matices que el resto de la población no puede percibir. Sin embargo, incluso quienes tienen esta condición no superan los cuatro “canales” de percepción.
También es importante saber que hay colores que el ojo humano no puede ver. Nuestro sistema visual solo detecta una pequeña parte del espectro electromagnético: la llamada luz visible. Ondas como las infrarrojas o ultravioletas quedan fuera de nuestro alcance, aunque otros animales sí pueden percibirlas.
Pero es importante saber que la percepción no depende solo del ojo, sino también del cerebro, que interpreta y da sentido a la información recibida. Por eso, factores como la iluminación, el entorno o incluso la experiencia previa pueden influir en cómo vemos determinados colores.
