“Un amigo de color verde” es un cuento en el que un niño llamado Marcos descubre que su mejor amigo tiene un marciano en su casa - Billiken
 

“Un amigo de color verde” es un cuento en el que un niño llamado Marcos descubre que su mejor amigo tiene un marciano en su casa

Esta es una historia ideal para leer con tus hijos. Una narración llena de misterio y con un extraterrestre. Tal vez su amigo Santino sepa algo más sobre el alienígena.
Por Rodolfo Piovera
Ilustración: Catriel Tallarico

“Mi mejor amigo vive en Marte”, me dijo Santino y yo lo tomé como un chiste. Un chiste bastante flojo, en realidad, porque apenas me hizo sonreír. Pero no era un chiste ni una broma, sino toda una revelación. Porque después de decirlo, Santino me invitó a su cuarto y ahí estaba él, su amigo el marciano, sentado al borde de la cama con las piernas cruzadas, todo verde y con dos antenitas saliéndole de la cabeza. Creí que estaba soñando. Me pellizqué. Lo miré a Santino con la boca abierta, sin poder decirle nada, y miré al marciano, que por toda reacción me guiñó un ojo. Santino, ahí sí, se rió con ganas, me miró y dijo: “¿Viste que no te mentí?”.

De lo que siguió después no me acuerdo nada. Solo hasta ahí. Repaso y repaso en mi cabeza, pero nada de nada. Aparece Santino diciéndome lo del marciano, yo sonriendo, los dos entrando al cuarto y el marciano allí, sentado al borde de la cama con las piernas cruzadas. Eso es todo.

Lo que cuento ocurrió hace casi dos años, cuando yo era vecino y amigo de Santino, quien después del episodio del marciano se mudó del barrio. Desde entonces no dejo de pensar en aquello y me distraigo con facilidad. Me cuesta mucho concentrarme. A veces, cuando mi mamá me habla, me quedo mirándola fijo sin responderle, con la mandíbula un poco caída y un hilito de baba colgando. Ella se enoja y me reta. Dice que no soy el mismo de antes, que hablo poco, que juego poco... En fin, que estoy raro. Se preocupa y tiene razón. Me llevó al médico, después al psicólogo, pero yo no puedo contarles lo del marciano porque me van a tomar por loco, y esa no es la idea.

Traté de localizar a Santino. Hice mil preguntas, llamé a la empresa de mudanzas, busqué en la guía telefónica, en Facebook, navegué por Internet... Todo fue inútil. Ni rastros de Santino. Ni una pista, ni una sola referencia. Hasta esta mañana.

Daba una vuelta en bici por la plaza, distraído como siempre, cuando de repente oí que alguien me llamaba desde alguna parte.

–¡Marcos!

Era una voz familiar, una voz de un chico. Sí, era Santino, el famoso Santino al que le había perdido el rastro hacía dos años. Estaba semioculto detrás de un árbol y me hacía señas con la mano.

–Marcos... Vení, dale...

Bajé de la bici y me acerqué, caminando muy despacio. Tenía tantas dudas en la cabeza que no podía avanzar más rápido. Santino estaba mucho más alto, y más flaco. Tenía el pelo muy corto y ahora usaba anteojos. Si no me hubiera llamado, quizás no lo habría reconocido. El tiempo no había pasado en vano. Pero sus cambios físicos no eran lo más importante, sino su actitud, sus gestos. Estaba como nervioso, electrizado. Me hablaba y a cada rato miraba hacia los costados, como si esperara a alguien. No me da vergüenza confesar que sentí un poco de miedo... Sí, aunque estaba con mi viejo amigo sentí un poco de miedo, porque lo noté muy cambiado.

Santino me reveló lo que había pasado aquella tarde en su casa. Me dijo que el marciano, después de guiñarme un ojo, nos llevó a una nave espacial donde nos hicieron un montón de exámenes físicos. El guiño no había sido un saludo, sino una señal para comenzar con todo el proceso. Santino hablaba y me temblaban las piernas. También me dijo que el marciano nos llevó a pasear un poquito por el cielo y nos mostró, aunque de lejos, algunos planetas, como Mercurio y Venus. Y que luego nos dejó en casa. Yo, la verdad, no supe qué pensar.

De pronto, los temores de Santino se confirmaron. Alguien, de alguna parte, lo tomó del brazo y lo llevó hasta una camioneta que estaba estacionada frente a la plaza. No era un marciano sino un humano, una mujer. Le vi cara conocida. Es más, ahora que lo pienso creo que era la mamá de Santino...

En el trayecto hasta la camioneta el humano, bueno, la mamá, le decía a Santino que se dejara de hacer “el pavote” –eso dijo– “con ese chico”, por lo que supongo que se refería a mí. Y que era hora de que se pusiera a ordenar su cuarto, que estaba hecho un desastre. Hasta ahí lo que alcancé a escuchar a la distancia. A medida que se acercaban a la camioneta se perdían las palabras, aunque el reto seguía y seguía. Santino caminaba con la cabeza gacha. Al volante de la camioneta, forzando un poco la vista, pude distinguir a un hombre, que si no me equivoco era el papá de Santino. Los tres, finalmente, se alejaron raudamente de la plaza y ya no los vi más. ¿Qué habrá sido de ellos?

No les conté un detalle que todavía me hace pensar. En uno de los laterales de la camioneta se leía “Casa de Disfraces García”. Eso podría significar muchas cosas, como que aquella vez en el cuarto no hubo marciano alguno, sino que alguien estaba metido dentro de un disfraz. Puede ser... Es una posibilidad. ¿Pero qué me dicen de lo que pasó después del guiño? Todo un misterio que, me parece, nunca podré resolver. ¿O sí?

FIN

(Publicado en la edición 5136 de Billiken)

    Vínculo copiado al portapapeles.

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    Ant Sig