Entre conquistas y enfrentamientos durante la época colonial, apareció un escenario de lo más cómico protagonizado por caballos. Sí, caballos.
Los acontecimientos históricos no siempre son totalmente trágicos o totalmente victoriosos. La victoria o el fracaso tampoco son los únicos atributos que puede tener el curso de la historia, ya que este no suele manejarse en términos de blancos y negros absolutos, sino más bien de matices -millones de ellos. La historia también puede ser, por momentos, ridícula y cómica. Es el caso de los caballos que poblaron Buenos Aires después de su primera fundación.
Antes de meternos de lleno en la historia de los miles y miles de caballos que, casi como por magia, de repente reinaban el país, es necesario entender el contexto del momento.
Estamos en 1534, y Pedro de Mendoza acaba de ser nombrado Primer Adelantado del Río de la Plata gracias a un decreto del Rey Carlos I de España. Su misión como almirante es establecer el control sobre la costa rioplatense lo antes posible.
Luego de mucho tiempo de viaje, un grupo liderado por Mendoza arriba al Río de la Plata y desembarca en la orilla. Allí, funda una ciudad con el nombre de Puerto de Nuestra Señora Santa María del Buen Aire -más tarde, Buenos Aires.
De pronto la tripulación española emprendió el camino a casa mucho antes de lo esperado, dejando atrás una misión totalmente incompleta.
¿Qué pasó exactamente? Estos son algunos de los conflictos que se les presentaron a los españoles, al punto que decidieron volver a Europa con las manos vacías:
Los españoles se van y aquella ciudad fundada queda en manos ajenas a la corona española por las siguientes cuatro décadas. Algo, sin embargo, florece en su ausencia: una población de caballos.
Al huir de territorio rioplatense, Pedro de Mendoza y el resto de los invasores españoles dejaron un regalo que no tardaría en adaptarse cómodamente a la tierra y las condiciones meteorológicas de la zona. ¿El regalo en cuestión? 7 caballos y 5 yeguas.
En muchas otras partes del mundo, esta docena de animales no hubiera tenido mucho que hacer más que esperar pacientemente la muerte. Sin embargo, la pampa era en aquél momento un ambiente más que propicio para los equinos, igual que ahora.
Al volver los españoles más de 40 años después con intenciones de llevar a cabo una segunda y oficial fundación, los caballos habían hecho suyo el territorio. La pampa era absolutamente equina, y sus principales pobladores animales estaban acompañados: también había cientos de vacas que habían llegado desde Asunción.
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