Las paredes de una casa o un edificio pueden parecer rígidas, pero están sometidas a tensiones. La humedad, los cambios de temperatura, el asentamiento del terreno y la forma en que fue construida una estructura pueden hacer que aparezcan fisuras o grietas.
Algunas afectan apenas la pintura o el revestimiento, mientras que otras atraviesan la mampostería y pueden revelar movimientos más importantes. Para entender por qué una pared se agrieta, primero hay que conocer qué materiales la forman.
¿De qué están hechas las paredes?
En muchas viviendas y edificios, las paredes se construyen con ladrillos o bloques unidos con mortero, o con hormigón, según su función. Sobre esa base suelen colocarse revoques, yesos, pinturas u otros revestimientos.
Estos materiales no permanecen inmóviles. Se expanden o contraen con los cambios de temperatura y humedad, pueden retraerse mientras secan y también reciben las cargas y movimientos del edificio. Cuando esas deformaciones generan tensiones mayores de las que el material puede soportar, aparece una fisura.
¿Por qué aparecen las grietas?
Una causa frecuente es el asentamiento del terreno. Después de construirse un edificio, el suelo y los cimientos pueden sufrir pequeños ajustes. Si el movimiento es desigual, parte de esas tensiones se transmite a los muros.

También intervienen errores de diseño o ejecución, materiales inadecuados, sobrecargas y dilataciones térmicas. Por eso, el aspecto de una grieta puede aportar pistas sobre su origen. Entre las señales que merecen especial atención están:
- Las grietas que aumentan de ancho o longitud con el tiempo;
- Los trazos diagonales o en “escalera” que recorren ladrillos y juntas;
- Las aberturas en vigas, columnas, losas o muros de carga;
- Las grietas acompañadas por puertas que dejan de cerrar o pisos que comienzan a inclinarse.
¿Qué tiene que ver la humedad?
La humedad puede intervenir de varias maneras. El agua puede ingresar por filtraciones, ascender desde el suelo por capilaridad o aparecer por condensación. En materiales porosos como ladrillos y morteros, esa presencia sostenida ayuda a que se deterioren las paredes.
El agua también puede transportar sales por la mampostería. Cuando se evapora, esas sales cristalizan y pueden generar presiones que dañan el material. Si alcanza armaduras de acero dentro del hormigón, puede favorecer la corrosión. Al oxidarse, el metal aumenta de volumen y puede provocar fisuras o desprendimientos.
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La relación también funciona al revés: una grieta existente puede transformarse en una vía de entrada para el agua y acelerar el deterioro. Por eso, tapar solamente la abertura sin identificar su causa puede ocultar el problema sin resolverlo.
Las fisuras muy finas y superficiales suelen afectar únicamente revestimientos. En cambio, una grieta profunda, que crece o atraviesa elementos estructurales debe ser evaluada por un profesional antes de repararla.
