En 1980, en todo el planeta quedaban apenas cinco ejemplares de una pequeña ave negra que vive únicamente en las islas Chatham, en Nueva Zelanda. Parecía casi imposible evitar su desaparición. Sin embargo, científicos y conservacionistas pusieron en marcha un extraordinario programa de recuperación. Más de cuatro décadas después, el petirrojo negro de las islas Chatham (Petroica traversi) sigue existiendo y su historia se convirtió en uno de los casos más conocidos de rescate de una especie al borde de la extinción.
¿Por qué llegaron a quedar sólo cinco animales?

El petirrojo negro, también llamado karure o kakaruia, es endémico de las islas Chatham. Durante siglos vivió allí sin mamíferos depredadores, pero la llegada de animales introducidos, especialmente ratas y gatos, provocó una fuerte disminución de su población.
Hacia 1900 había desaparecido de casi todas las islas donde vivía y sobrevivía únicamente en la pequeña isla de Little Mangere. En 1972 los especialistas encontraron sólo 18 ejemplares y, cuatro años después, quedaban siete. Los últimos individuos fueron trasladados a Mangere Island, donde se habían plantado unos 120.000 árboles para mejorar su hábitat.
La situación todavía empeoró. Para 1980 sólo quedaban cinco aves y una única pareja capaz de reproducirse: una hembra conocida como Old Blue y un macho llamado Old Yellow.
¿Cómo lograron salvar una especie con una sola pareja?
Los conservacionistas necesitaban conseguir que nacieran más polluelos de los que la pareja podía criar naturalmente.
Para hacerlo desarrollaron una técnica llamada crianza cruzada. Cuando Old Blue ponía huevos, algunos eran trasladados cuidadosamente a nidos de otra pequeña ave de las Chatham, que los incubaba como propios. Al quedarse sin huevos, Old Blue podía volver a poner otra nidada durante la misma temporada.
De esta manera, una sola pareja podía producir muchos más descendientes. Los especialistas tuvieron que perfeccionar el método: algunos polluelos criados demasiado tiempo por aves de otra especie podían comportarse después como sus padres adoptivos. Por eso eran devueltos a petirrojos negros antes de completar su desarrollo.
También se instalaron nidos seguros, se aportó alimento y se protegieron los lugares de reproducción. Para 1989, cuando terminó la etapa de manejo más intensivo, la población ya había superado ampliamente las decenas de individuos. Todos los petirrojos negros actuales descienden de Old Blue.
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¿Significa que el petirrojo negro ya está salvado?

No completamente. Al inicio de la temporada reproductiva 2025/26 había unos 340 adultos en Hokorereoro/Rangatira y 39 en Maung’ Rē/Mangere, es decir, cerca de 380 entre ambas poblaciones. En esta última isla, diez hembras trasladadas en 2022 ayudaron además a corregir un fuerte desequilibrio entre machos y hembras.
Pero haber descendido hasta cinco animales produjo un enorme cuello de botella genético. Como todos los ejemplares actuales están estrechamente emparentados, tienen poca diversidad genética. Eso puede reducir la capacidad de una población para responder ante determinadas enfermedades o cambios ambientales.
Además, las dos poblaciones viven en islas pequeñas. La llegada accidental de ratas, gatos u otros depredadores podría provocar nuevamente una crisis. Los científicos también necesitan encontrar suficiente hábitat seguro para que la población pueda continuar creciendo.
Por eso, salvar una especie con sólo cinco ejemplares no consiste simplemente en lograr que se reproduzcan. Es necesario proteger su ambiente, controlar amenazas, manejar cuidadosamente las poblaciones y seguir estudiándolas durante décadas.
El petirrojo negro demuestra que incluso una situación aparentemente irreversible puede cambiar. Pero también deja una enseñanza: recuperar una especie después de que llega al borde de la extinción requiere muchísimo más esfuerzo que evitar que llegue hasta allí.
