El 27 de enero de 1871 quedó grabado en la historia de Buenos Aires como el inicio de una de las tragedias sanitarias más grandes de la ciudad. Ese día se registraron los primeros casos de fiebre amarilla en el barrio de San Telmo.
La zona estaba densamente poblada, contaba con numerosos conventillos y sufría de serias deficiencias en las condiciones de higiene. Por eso, lo que comenzó como algunos casos aislados pronto se convirtió en una epidemia devastadora.
En aquel entonces, la ciudad tenía alrededor de 187.000 habitantes y convivía con problemas estructurales graves: no existía un sistema de cloacas ni de drenaje adecuado, el acceso al agua potable era limitado y el Riachuelo se encontraba altamente contaminado por la actividad de los saladeros.
En ese contexto, la fiebre amarilla se expandió con rapidez y generó miedo, desconcierto y múltiples interpretaciones sobre su origen.
San Telmo: el barrio donde comenzó todo

Los primeros focos se detectaron en dos manzanas de San Telmo, donde vivían familias hacinadas en inquilinatos. Allí enfermaron y murieron Ángel Bignollo y su nuera Colomba, dos de las primeras víctimas identificadas.
Para evitar el pánico, los certificados de defunción consignaron otras causas, aunque los médicos sabían que se trataba de fiebre amarilla.
Mientras los casos aumentaban, las advertencias de algunos profesionales de la salud fueron minimizadas y los festejos de carnaval continuaron.
Recién a comienzos de marzo, cuando las muertes superaban las 100 por día y la enfermedad alcanzaba barrios acomodados, las autoridades prohibieron las celebraciones y reconocieron la gravedad de la situación. Para entonces, más de un tercio de la población había huido de la ciudad.

Durante los meses más críticos, especialmente entre febrero y abril, la epidemia provocó la muerte de 13.614 personas, según datos de la Asociación Médica Bonaerense. La magnitud del brote superó la capacidad de respuesta de las autoridades y puso en evidencia las tensiones políticas entre el Gobierno nacional, el provincial y el municipal, que aún no contaba con la figura del intendente.
La transformación de Buenos Aires por la fiebre amarilla
La epidemia de fiebre amarilla aceleró cambios clave en la vida urbana. Entre sus principales consecuencias se destacan:
- El éxodo de las familias más ricas desde el sur hacia zonas como Recoleta y el norte de la ciudad, lo que modificó el mapa social porteño.
- El impulso a obras de infraestructura sanitaria, como la provisión de agua potable y, más tarde, el desarrollo de sistemas cloacales.
- La expulsión de los saladeros de las márgenes del Riachuelo, señalados como uno de los focos de insalubridad.
A pesar de la magnitud de la tragedia, en 1871 todavía se desconocía la causa real de la fiebre amarilla. Recién una década después, el médico cubano Carlos Finlay identificó al mosquito Aedes aegypti como transmisor del virus. La vacuna llegaría mucho más tarde: fue desarrollada en 1936 por Max Theiler y adoptada oficialmente por la Organización Mundial de la Salud en 1938.
