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¿Por qué tantas ciudades de Argentina tienen nombres de santos?

Numerosas ciudades argentinas fueron bautizadas durante la época colonial, cuando era habitual utilizar santos, advocaciones religiosas y fechas del calendario católico para nombrar nuevos asentamientos.
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Basta con mirar un mapa argentino para encontrar una llamativa sucesión de nombres religiosos: San Juan, San Luis, San Rafael, San Nicolás, Santa Rosa, San Pedro, San Francisco o Santiago del Estero, entre muchos otros.

La presencia de tantos nombres de santos en Argentina tiene una explicación histórica. Buena parte de las ciudades más antiguas del país fueron fundadas durante los siglos XVI, XVII y XVIII, cuando el territorio formaba parte de los dominios de la Corona española y la religión católica ocupaba un lugar central en la vida política y social.

Nombrar un nuevo asentamiento podía ser, al mismo tiempo, un acto administrativo, una referencia geográfica y una expresión religiosa.

¿De dónde vienen los nombres de santos en Argentina?

San Clemente.

Durante la expansión española por América se utilizaron distintas fórmulas para bautizar ciudades, fuertes, reducciones y otros asentamientos.

Algunos nombres procedían del santoral católico, es decir, del calendario que asignaba determinados días a santos y celebraciones religiosas. Otros recordaban al patrono del fundador, a una advocación de la Virgen o a una figura venerada por quienes organizaban la expedición.

Una investigación de la Universidad Nacional de La Plata sobre los nombres geográficos argentinos señala que los llamados hagiotopónimos —topónimos relacionados con santos— fueron especialmente frecuentes desde la llegada de los españoles y durante los siglos XVII y XVIII.

La costumbre no era exclusiva del actual territorio argentino. BBC Mundo destacó que muchas ciudades latinoamericanas nacieron antes de las independencias y recibieron denominaciones relacionadas con la tradición católica. Buenos Aires es un buen ejemplo: su primera fundación de 1536 fue denominada Real de Nuestra Señora Santa María del Buen Ayre, en referencia a una advocación mariana.

Cuatro ciudades argentinas y el origen de sus nombres

Las denominaciones originales solían ser mucho más largas que las actuales y podían mezclar religión, geografía y homenajes personales.

Algunos ejemplos ayudan a comprenderlo:

  • Santiago del Estero: en 1553 recibió el nombre de Santiago, asociado a Santiago Apóstol. Su aniversario se celebra el 25 de julio, precisamente el día dedicado tradicionalmente al santo. La referencia “del Estero” estaba vinculada al paisaje formado por el río.
  • San Juan de la Frontera: Juan Jufré fundó la ciudad el 13 de junio de 1562. El nombre homenajeaba a San Juan Bautista, mientras que “de la Frontera” aludía a la ubicación del territorio respecto de Tucumán.
  • San Miguel de Tucumán: Diego de Villarroel estableció en 1565 la ciudad denominada originalmente San Miguel de Tucumán y Nueva Tierra de Promisión. San Miguel Arcángel quedó además como patrono de la ciudad.
  • San Luis: la ciudad fue fundada en 1594 como San Luis de Loyola Nueva Medina de Rioseco. El nombre “San Luis” quedó asociado a San Luis Rey de Francia y también al nombre de su fundador, Luis Jufré; “de Loyola” homenajeaba al gobernador Martín García Oñez de Loyola.

Los nombres, por lo tanto, podían funcionar como pequeños relatos sobre la fundación de cada lugar.

Los nombres de santos en Argentina convivieron con palabras indígenas

San Rafael, Argentina.

El mapa argentino, sin embargo, nunca fue exclusivamente español ni religioso.

Numerosas ciudades, provincias, ríos y regiones conservaron o incorporaron nombres provenientes de lenguas indígenas. Tucumán, Paraná, Chaco, Neuquén o Chubut son ejemplos de una toponimia mucho más diversa.

En muchos casos incluso se produjo una combinación. San Miguel de Tucumán une una denominación cristiana con un topónimo de origen previo a la conquista. Santiago del Estero combina el nombre de un apóstol con una descripción territorial.

Una investigación publicada por Quinto Sol muestra además que las misiones jesuitas podían recibir nombres religiosos como Nuestra Señora de la Concepción de los Pampas, al mismo tiempo que las denominaciones indígenas y geográficas continuaban circulando y podían sobrevivir o transformarse con el paso del tiempo.

¿Por qué los nombres originales se hicieron más cortos?

Porque el uso cotidiano terminó simplificándolos.

Los documentos coloniales registran nombres ceremoniales extensos, pero los habitantes solían quedarse con una parte fácil de recordar. La investigación de la Universidad Nacional de La Plata señala que este acortamiento fue habitual en los antiguos hagiotopónimos. Un caso claro es la Ciudad de Todos los Santos de la Nueva Rioja, que terminó siendo simplemente La Rioja.

Así, los nombres de santos en Argentina funcionan hoy como pequeñas huellas de un período histórico. Algunos recuerdan al patrono elegido por un fundador; otros coinciden con una festividad religiosa o se combinaron con referencias indígenas y geográficas.

Cada “San” o “Santa” del mapa puede esconder, en definitiva, una historia mucho más larga que su nombre actual.

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