La niebla y la neblina son fenómenos meteorológicos muy parecidos a simple vista. En los dos casos hay gotitas de agua muy pequeñas flotando en el aire, cerca de la superficie terrestre. Por eso, cuando aparecen, el paisaje se ve más borroso y cuesta distinguir con claridad lo que está a cierta distancia.
Pero en realidad no lo mismo: la diferencia está en la intensidad. Según la Organización Meteorológica Mundial (OMM), se habla de niebla cuando esas gotitas reducen la visibilidad horizontal a menos de 1 kilómetro.
En cambio, se llama neblina cuando la visibilidad sigue siendo de 1 kilómetro o más. En la práctica, la neblina puede entenderse como una forma más suave o ligera de niebla.
La diferencia clave entre niebla y neblina

La forma más simple de distinguirlas es pensar cuánto dejan ver. Si el aire está cargado de humedad y apenas permite ver a corta distancia, se trata de niebla. Si el paisaje aparece algo difuso, pero todavía se puede mirar relativamente lejos, entonces lo correcto es hablar de neblina.
La OMM también describe una diferencia visual. La niebla suele verse como un velo blanquecino que cubre el paisaje, mientras que la neblina normalmente aparece como una capa más delgada y grisácea. Esa distinción no siempre es perfecta a simple vista, pero ayuda a reconocerlas mejor.
Cómo se forma la niebla
National Geographic explica que la niebla es, básicamente, una nube que toca el suelo. Se forma cuando el aire cercano a la superficie se enfría lo suficiente como para que el vapor de agua se condense en diminutas gotas visibles. La neblina responde al mismo proceso general, pero con menor densidad de gotas.
Por eso ambos fenómenos suelen aparecer en momentos de mucha humedad, especialmente durante la madrugada o en zonas cercanas a ríos, lagos y costas. La diferencia no está en que uno tenga agua y el otro no, sino en la cantidad de gotitas suspendidas y en cómo afectan la visibilidad.