El rewilding es una forma de restaurar la naturaleza para que los ecosistemas recuperen parte de su equilibrio. En los últimos años, esta idea también llegó a jardines, plazas, balcones y terrazas, donde muchas personas empezaron a plantar flores, dejar sectores menos intervenidos y crear pequeños refugios para abejas y otros polinizadores. El tema cobra especial fuerza cada 20 de mayo, cuando se celebra el Día Mundial de las Abejas.
Qué es el rewilding y por qué no se trata solo de “dejar crecer todo”

La palabra rewilding suele traducirse como “resilvestración”. En términos simples, describe una estrategia de conservación que busca devolverle espacio a la naturaleza y permitir que ciertos procesos naturales vuelvan a funcionar. No significa abandonar un lugar sin ningún cuidado, sino acompañar la recuperación de ecosistemas dañados o muy modificados por la actividad humana.
En grandes territorios, el rewilding puede incluir la recuperación de ambientes, la conexión entre áreas naturales y, en algunos casos, la reintroducción de especies que desaparecieron de una región. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza lo define como una forma de reconstruir ecosistemas después de una fuerte intervención humana, con el objetivo de restaurar procesos naturales y redes de vida más completas.
En Argentina, el concepto aparece asociado a proyectos de restauración ecológica como los que se desarrollan en distintos ambientes del país. La Fundación Rewilding Argentina, por ejemplo, trabaja para revertir la crisis de extinción de especies y recuperar ecosistemas completos y funcionales.
Cómo el rewilding llega a los jardines
Aunque nació como una estrategia pensada para grandes paisajes, el rewilding también inspiró prácticas más pequeñas. En un jardín, no se trata de recrear un parque nacional en miniatura, sino de cambiar la forma de mirar el espacio verde: menos césped perfecto, más flores, más plantas nativas, más rincones con hojas, tallos y tierra disponible.
Este enfoque suele aparecer en los llamados jardines para polinizadores. Son espacios diseñados para atraer abejas, mariposas, aves, escarabajos y otros animales que visitan flores. Pueden estar en una casa, una escuela, una plaza o una reserva urbana. Su importancia no depende solo del tamaño: incluso un cantero bien elegido puede ofrecer alimento y refugio.
La clave está en permitir que el jardín sea algo más que decoración. Cuando hay distintas flores a lo largo del año, menos pesticidas y lugares donde anidar o descansar, el espacio se convierte en una pequeña red de vida. Allí las plantas no están solas: se relacionan con insectos, aves, microorganismos y otros seres vivos.
Por qué las abejas necesitan jardines con flores
Las abejas son famosas por la miel, pero su papel más importante para los ecosistemas está relacionado con la polinización. Cuando visitan una flor para alimentarse de néctar o recolectar polen, parte de ese polen queda adherido a su cuerpo. Al pasar a otra flor, pueden trasladarlo y favorecer la formación de semillas y frutos.
Este proceso sostiene una parte enorme de la vida vegetal. Según la FAO, más del 80% de las plantas silvestres con flor son polinizadas por animales, en su mayoría insectos. Además, los polinizadores contribuyen aproximadamente al 35% de la producción agrícola mundial por volumen, y cerca del 75% de los tipos de cultivos alimentarios dependen de ellos en alguna medida.
Por eso, ayudar a las abejas no significa únicamente proteger a un insecto. También implica cuidar alimentos, plantas silvestres y ambientes completos. En Argentina, investigaciones y organismos especializados destacan que la polinización es fundamental para cultivos y plantas nativas, y que los paisajes con más diversidad de flores ayudan a conservar polinizadores.
Qué cambios convierten un jardín en refugio para polinizadores
Un jardín más amigable con las abejas no necesita ser desordenado. Puede ser bello, cuidado y, al mismo tiempo, más útil para la biodiversidad. Algunas acciones simples son:
- Plantar flores de distintas formas, colores y épocas de floración.
- Elegir especies nativas o adaptadas al ambiente local.
- Reducir o evitar pesticidas.
- Dejar sectores con tierra descubierta para abejas que anidan en el suelo.
- Mantener tallos secos, madera o pequeños refugios para insectos.
- Colocar agua en recipientes poco profundos, con piedras para que los insectos puedan posarse.
- Cortar el césped con menos frecuencia en algunos sectores.
La Sociedad Xerces, especializada en conservación de invertebrados, resume las necesidades básicas de los polinizadores en tres grandes grupos: alimento, refugio y protección frente a pesticidas. La Royal Horticultural Society también recomienda dejar florecer algunas plantas del césped, ofrecer agua y crear sitios de nidificación para abejas silvestres.
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El rewilding también puede ser una forma de aprender
Los jardines con más vida permiten observar procesos que muchas veces pasan desapercibidos. Una abeja que visita una flor, una mariposa que se posa sobre una planta o un escarabajo que aparece entre las hojas muestran cómo funciona la naturaleza en pequeña escala.
En la Ciudad de Buenos Aires, el jardín para polinizadores de la Reserva Ecológica Lago Lugano destaca justamente este valor educativo: allí se puede descubrir que no existe una sola clase de abeja, sino muchas especies nativas, de tamaños y comportamientos distintos. También se observa cómo la presencia de polinizadores atrae a otros animales y genera relaciones ecológicas más complejas.
Por eso, cada vez más jardines ayudan a las abejas: porque ofrecen alimento, refugio y continuidad en paisajes urbanos donde muchas veces predominan el cemento, el césped corto y las plantas ornamentales sin valor para los polinizadores. En ese cambio pequeño aparece una idea poderosa del rewilding: cuando la naturaleza recupera espacio, incluso en una maceta o un cantero, empiezan a regresar vínculos que sostienen la vida.
