¿Cómo llegaron las medialunas a convertirse en un clásico argentino? - Billiken
 

¿Cómo llegaron las medialunas a convertirse en un clásico argentino?

Del antiguo kipferl vienés al croissant francés y de allí a las panaderías del Río de la Plata: la medialuna recorrió siglos y kilómetros antes de adquirir una identidad argentina.
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Un café con leche y dos medialunas. La combinación resulta tan familiar en Argentina que cuesta imaginar que esas pequeñas facturas de forma curva tienen detrás un largo viaje internacional.

Las medialunas argentinas comparten antepasados con el croissant francés, pero no son exactamente lo mismo. Su historia reúne antiguas piezas de panadería centroeuropeas, innovaciones francesas y, finalmente, una adaptación propia que encontró en las panaderías y cafés argentinos un lugar definitivo.

De Viena a París: los antecedentes de las medialunas argentinas

Aspecto de las medialunas.

El antepasado más citado es el kipferl, una pieza de panificación en forma de media luna que existía en Austria varios siglos antes del croissant moderno.

Una leyenda muy difundida sostiene que surgió después del sitio otomano de Viena de 1683, cuando los panaderos habrían creado una masa con forma de creciente para celebrar la derrota del ejército otomano. Sin embargo, la historia no coincide con la evidencia disponible: existen menciones de panes vieneses con esa forma desde, al menos, el siglo XIII. Por eso, hoy se considera aquella explicación una tradición legendaria y no el verdadero nacimiento de la pieza.

El gran cambio ocurrió en París. Entre 1838 y 1839, el austríaco August Zang abrió allí una panadería vienesa y difundió especialidades como el kipferl. Los panaderos franceses adoptaron esas preparaciones y, con el tiempo, desarrollaron el croissant elaborado mediante una masa laminada con manteca, responsable de sus numerosas capas.

Así quedaron tres momentos centrales:

  • Siglo XIII: ya existen referencias al kipferl en Viena.
  • 1838-1839: August Zang abre su panadería vienesa en París.
  • Siglo XIX: la tradición francesa transforma aquella pieza en el croissant hojaldrado moderno.

¿Cómo llegaron las medialunas argentinas al país?

El siguiente capítulo ocurrió del otro lado del Atlántico.

Durante las grandes corrientes inmigratorias de fines del siglo XIX y comienzos del XX, millones de europeos llegaron a Argentina llevando idiomas, oficios y costumbres gastronómicas. Entre ellos había panaderos que incorporaron técnicas y productos europeos a las nuevas panaderías del Río de la Plata.

Las elaboraciones inspiradas en el croissant comenzaron entonces a integrarse al amplio universo de las facturas argentinas. La receta fue modificándose según los ingredientes disponibles y los gustos locales hasta adquirir características propias.

El fenómeno coincidió además con el crecimiento de Buenos Aires y de su cultura del café. El Café Tortoni, por ejemplo, había abierto en 1858, y durante las décadas siguientes cafés y confiterías se transformaron en espacios fundamentales de encuentro social.

¿Qué distingue a las medialunas argentinas del croissant?

Comida.

A simple vista pueden parecer casi idénticos, pero existen diferencias.

El croissant francés tradicional suele ser más grande, presenta un laminado muy marcado y busca una textura exterior crujiente y un interior lleno de capas y cavidades.

La medialuna local tomó otro camino. Generalmente es más pequeña, más tierna y, en su versión de manteca, bastante más dulce. Después del horneado puede recibir además un almíbar que le aporta su característico brillo.

En Argentina se consolidaron principalmente dos grandes familias:

  • Medialuna de manteca: suave, esponjosa, ligeramente hojaldrada y dulce.
  • Medialuna de grasa: menos dulce, generalmente más firme y crocante.
  • Versiones rellenas: con jamón y queso, dulce de leche u otros agregados que aparecieron posteriormente.

Las medialunas argentinas y el ritual del café

Pero una receta no se convierte en símbolo nacional únicamente por su sabor. También necesita formar parte de la vida cotidiana.

A lo largo del siglo XX, las medialunas pasaron a ocupar un lugar habitual en desayunos y meriendas, tanto en hogares como en panaderías, confiterías, estaciones y bares.

La propia guía turística oficial de Buenos Aires presenta hoy al cortado acompañado por una medialuna como una experiencia característica de sus históricos Bares Notables. Esos cafés fueron durante generaciones lugares de encuentro para escritores, músicos, políticos y vecinos.

De esta manera apareció uno de los rituales gastronómicos más simples y persistentes del país: pedir un café con leche acompañado por medialunas.

Las medialunas argentinas, entonces, no pueden atribuirse a un único inventor ni a una fecha exacta. Son el resultado de una larga transformación cultural: un antiguo formato centroeuropeo viajó a Francia, cambió de técnica y llegó al Río de la Plata con las migraciones.

Argentina hizo el resto. Las volvió más pequeñas, creó versiones de manteca y grasa y las ubicó detrás del vidrio de prácticamente cualquier panadería. Así, una receta llegada de lejos terminó convirtiéndose en uno de los sabores más cotidianos del país.

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