Cuando pensamos en un desierto, probablemente imaginamos Sol intenso, arena caliente y temperaturas elevadas. Sin embargo, al caer la noche el paisaje puede cambiar por completo. En algunas regiones desérticas, el termómetro desciende decenas de grados en apenas unas horas.
El frío en los desiertos está relacionado con una de sus características fundamentales: son ambientes extremadamente secos. La falta de humedad y la frecuente ausencia de nubes facilitan que la superficie gane calor rápidamente durante el día y también lo pierda con gran velocidad después de la puesta del Sol.
¿Por qué aparece tanto frío en los desiertos durante la noche?

Durante las horas de luz, la radiación solar calienta directamente el suelo. Como suele haber poca vegetación y escasa humedad disponible, una proporción importante de esa energía contribuye a elevar la temperatura de la superficie y del aire cercano.
Cuando se pone el Sol, la situación se invierte. El terreno comienza a emitir hacia la atmósfera y el espacio parte de la energía acumulada en forma de radiación infrarroja. En un ambiente húmedo, el vapor de agua y especialmente las nubes absorben y vuelven a emitir parte de esa radiación, disminuyendo el enfriamiento nocturno.
Los desiertos suelen tener aire seco y cielos despejados. Por eso esa especie de “manta” atmosférica es menos efectiva y el suelo pierde energía rápidamente. UCAR explica que las nubes tienden a producir días más frescos y noches más cálidas, reduciendo la diferencia de temperatura entre ambos momentos.
Cuatro factores que explican el frío en los desiertos
No existe una única causa. La gran amplitud térmica diaria surge de la combinación de varios elementos:
- Poca humedad: hay poco vapor de agua capaz de absorber parte de la radiación infrarroja.
- Escasas nubes: el calor emitido por el suelo puede escapar con mayor facilidad durante la noche.
- Suelo muy seco: responde con rapidez al calentamiento solar y también al enfriamiento nocturno.
- Vegetación escasa: hay menos agua disponible y menos procesos como la evapotranspiración capaces de modificar el intercambio de energía.
El Servicio de Parques Nacionales de Estados Unidos señala que, después de la puesta del Sol, el suelo de algunas regiones desérticas pierde rápidamente calor hacia el cielo nocturno y que las variaciones superiores a 40 °C dentro de un mismo día no son excepcionales.
Aunque solemos culpar a la arena, no todos los desiertos están cubiertos por dunas. Muchos tienen rocas, grava o suelos compactos. Lo realmente importante es la combinación entre aridez, características del terreno y condiciones atmosféricas.
No todos los desiertos tienen noches heladas
Que los desiertos se enfríen rápidamente no significa que todas sus noches sean gélidas. En algunos desiertos cálidos, las temperaturas nocturnas pueden continuar siendo bastante elevadas, especialmente durante el verano.
El Valle de la Muerte, en Estados Unidos, ofrece un buen ejemplo. Debido a su relieve y a otras características locales, durante el verano las mínimas nocturnas pueden mantenerse entre aproximadamente 30 y 35 °C.
También existen auténticos desiertos fríos. El Gobi, en Asia, y sectores áridos elevados de la Patagonia o de Atacama pueden registrar temperaturas bajo cero. Algunos de estos ambientes las noches pueden llegar a valores del orden de -10 °C o -15 °C, mientras durante el día la temperatura puede ser mucho mayor.
Por eso, “desierto” no significa necesariamente “lugar caluroso”. Lo que define principalmente a estas regiones es la escasez de precipitaciones. El Parque Nacional Great Basin, por ejemplo, se encuentra en un desierto frío donde buena parte de la precipitación invernal puede caer en forma de nieve.
Del calor extremo al abrigo en pocas horas

Las grandes diferencias entre el día y la noche condicionan también a los seres vivos. Muchos animales evitan las horas de mayor calor escondiéndose en cuevas o madrigueras y aumentan su actividad durante el atardecer y la noche. Las plantas, por su parte, desarrollaron estrategias para conservar la escasa agua disponible.
El frío en los desiertos, entonces, no contradice las altísimas temperaturas diurnas. Ambos fenómenos forman parte de la misma historia: una atmósfera seca y generalmente despejada permite que el suelo reciba mucha energía durante el día y que la pierda con rapidez cuando desaparece el Sol.
En pocas horas, un paisaje que parecía un enorme horno natural puede necesitar algo inesperado: un buen abrigo.

