El aroma de un pan recién horneado, el olor de la lluvia sobre la tierra o el perfume de una flor pueden despertar recuerdos en pocos segundos. El olfato tiene esa particularidad: conecta el mundo exterior con sensaciones, emociones y memorias.
Pero, aunque en el lenguaje cotidiano solemos usar “aroma” y “olor” como si fueran iguales, no siempre lo son. La diferencia depende del contexto, del tipo de percepción y, en algunos casos, de si hablamos de alimentos, perfumes o sustancias desagradables. Pero primero lo primero: el olfato.
¿Qué es el olfato?

El olfato es el sentido que permite detectar y procesar olores. Cuando una persona inhala, el aire y las moléculas aromáticas pasan por los receptores de olor de la nariz, que luego envían señales al cerebro.
Este sentido no solo sirve para disfrutar comidas o perfumes. También funciona como un sistema de alerta: puede advertir humo, gas, alimentos en mal estado o sustancias irritantes.
Además, el olfato está muy relacionado con el gusto. Al masticar, los alimentos liberan aromas que llegan a las neuronas olfativas por un canal que conecta la garganta con la nariz.
¿Qué es el aroma y en qué se diferencia del olor?

El olor abarca todo lo que percibamos con el sentido del olfato. Puede ser agradable, desagradable, intenso, suave, conocido o difícil de identificar. En pocas palabras técnicas, es la propiedad de una sustancia capaz de activar el sentido del olfato humano.
El aroma, en cambio, suele usarse para hablar de olores agradables, como el perfume de una flor o el aroma del café recién hecho. Sin embargo, no es algo que se perciba únicamente a través de la nariz, sino también con la boca. Por eso, el aroma del café también aparece al beberlo, cuando sus moléculas viajan desde la boca hacia la zona olfativa.
¿Por qué no todas las personas perciben igual?
Un mismo olor puede resultar agradable para una persona y molesto para otra. Esto ocurre porque el olfato no trabaja aislado: intervienen la memoria, la experiencia, el contexto y la sensibilidad de cada individuo.
Además, muchas veces sucede que un olor fuerte puede enmascarar otros y que, con el tiempo, el contacto continuo con un estímulo puede hacer que dejemos de percibirlo.
En la vida diaria, esto se nota fácilmente. Al entrar a una panadería, el aroma puede sentirse muy intenso; después de unos minutos, el cerebro se acostumbra y parece disminuir.
