Si miramos el cielo nocturno a simple vista, puede parecer que todas las estrellas tienen un color parecido. Pero un telescopio, unos binoculares o incluso una observación atenta permiten descubrir diferencias: algunas tienen tonos rojizos, otras parecen azuladas y muchas se ven blancas o amarillentas.
Esos colores no son decorativos. Los astrónomos pueden utilizarlos para obtener información sobre cada estrella, especialmente sobre la temperatura de su superficie. En términos generales, cuanto más caliente es una estrella, más azulada parece; cuanto más fría, más rojiza.
Puede resultar extraño porque en nuestra vida cotidiana solemos asociar el rojo con el calor y el azul con el frío. En las estrellas sucede exactamente al revés.
¿Por qué las estrellas cambian de color según su temperatura?

Las estrellas emiten energía en muchas longitudes de onda al mismo tiempo. No producen únicamente luz roja, azul o amarilla: generan un espectro continuo, aunque no con la misma intensidad en todos sus colores.
La distribución de esa energía depende principalmente de la temperatura. NASA explica que una estrella puede aproximarse al comportamiento de un cuerpo negro, un modelo físico en el que la temperatura determina en qué región del espectro se concentra una mayor cantidad de radiación.
Una estrella relativamente fría emite proporcionalmente más energía en longitudes de onda largas y se percibe rojiza. Cuando la temperatura aumenta, la mayor emisión se desplaza hacia longitudes de onda más cortas, por lo que el astro puede parecer blanco y finalmente azulado.
Por ejemplo, NASA compara una estrella de unos 3.000 kelvin —aproximadamente 2.700 °C—, que se observa rojiza, con otra de unos 8.000 kelvin, que presenta un aspecto mucho más azulado.
¿Qué colores pueden tener las estrellas?
Los astrónomos clasifican las estrellas de acuerdo con sus espectros mediante una conocida secuencia de letras: O, B, A, F, G, K y M. En términos generales, el orden va desde las más calientes y azuladas hasta las más frías y rojizas.
Algunos ejemplos aproximados permiten comparar:
- Tipo O: estrellas azules que pueden alcanzar temperaturas superficiales cercanas o superiores a 40.000 K.
- Tipo B: azul-blancas, con valores que pueden rondar los 20.000 K.
- Tipo A: blancas, alrededor de los 10.000 K en ejemplos típicos.
- Tipo G: amarillentas, con temperaturas próximas a las del Sol.
- Tipo K: anaranjadas y más frías.
- Tipo M: rojizas, con temperaturas cercanas a los 3.000 K en muchos casos.
Nuestro Sol es una estrella de tipo G. Su superficie tiene una temperatura aproximada de 5.500 °C. Aunque suele representarse de color amarillo, visto desde el espacio su luz aparece esencialmente blanca, porque emite intensamente en una amplia zona del espectro visible.
El color, además, no cuenta toda la historia de una estrella. Los astrónomos estudian su espectro con instrumentos capaces de separar la luz en distintas longitudes de onda. Las líneas de absorción que aparecen allí también permiten identificar elementos químicos presentes en su atmósfera.
¿Por qué casi no existen estrellas verdes?

Aquí aparece otra curiosidad. Si hay estrellas rojas y azules, ¿por qué no vemos estrellas claramente verdes?
La explicación está en que las estrellas producen un espectro continuo. Una estrella cuya emisión alcanza su máximo cerca de la zona verde también produce una gran cantidad de luz roja y azul. Cuando nuestros ojos reciben esa combinación, el cerebro la interpreta principalmente como blanca y no como un verde intenso.
Algo semejante sucede con otras tonalidades. No solemos observar estrellas rosas porque ese color requiere una combinación muy particular de estímulos visuales que no corresponde al espectro continuo típico de una estrella. Y los objetos extremadamente calientes que emiten con fuerza hacia longitudes de onda violetas suelen percibirse más bien azulados debido a la sensibilidad de nuestros ojos.
También puede ocurrir que una estrella parezca cambiar brevemente de color mientras titila. En ese caso, la causa puede estar en la atmósfera terrestre, que desvía y distorsiona la luz a medida que atraviesa capas de aire en movimiento. Ese efecto es especialmente evidente cuando la estrella está cerca del horizonte.
Por eso, observar el color de las estrellas es mucho más que distinguir tonalidades en el cielo. Cada punto rojo, blanco o azul contiene información sobre condiciones físicas que ocurren a enormes distancias. Sin acercarse a ellas, los astrónomos pueden utilizar su luz como un verdadero termómetro cósmico.

