Entrar en algunas cuevas durante el verano puede sentirse como ingresar a una enorme habitación con aire acondicionado. En invierno sucede lo contrario: mientras afuera hace mucho frío, el interior puede parecer relativamente cálido. Sin embargo, la roca no produce frío ni calor de manera especial. Lo que ocurre es que el subsuelo responde muy lentamente a los cambios de temperatura del exterior.
El National Cave and Karst Research Institute (NCKRI) explica que la roca transmite el calor con lentitud. Las variaciones entre verano e invierno van perdiendo intensidad a medida que penetran en el terreno, hasta que las zonas profundas alcanzan condiciones mucho más estables. Por eso, la temperatura de una cueva suele aproximarse a la temperatura media anual de la superficie de esa región.
¿Por qué las cuevas tienen una temperatura tan estable?

En la superficie, el suelo y el aire reciben directamente la radiación solar y quedan expuestos al viento, la lluvia y los cambios entre el día y la noche. En una cueva, en cambio, pueden existir metros o decenas de metros de roca entre una sala y el exterior.
Esa enorme masa rocosa posee inercia térmica: necesita tiempo para calentarse y también para enfriarse. Las oscilaciones rápidas prácticamente desaparecen en profundidad y hasta los cambios entre estaciones se vuelven mucho menores.
El Servicio de Parques Nacionales de Estados Unidos (NPS) señala que la temperatura de la roca profunda suele acercarse al promedio anual del exterior. El aire que circula dentro de la caverna intercambia calor con esas paredes y termina aproximándose a su temperatura.
No significa que todas las cavernas tengan la misma temperatura. Una situada en una región fría será generalmente más fría que otra ubicada en un clima cálido.
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¿Cómo se forman las cuevas y cavernas?
Las cuevas cambian más cerca de la entrada
La estabilidad tampoco es igual en toda la caverna. Cerca de la boca todavía existe una fuerte influencia del clima exterior.
El NCKRI explica que cuanto más nos internamos, generalmente menores son las variaciones. Las cuevas con una sola entrada pequeña suelen ser especialmente estables, mientras que aquellas con varias entradas pueden tener una circulación de aire mucho mayor.
Por eso pueden distinguirse, de manera simplificada, distintos ambientes:
- Zona de entrada: recibe luz, viento y cambios importantes de temperatura.
- Zona intermedia: las oscilaciones exteriores comienzan a amortiguarse.
- Zona profunda: las variaciones diarias prácticamente desaparecen y las estacionales pueden reducirse a apenas unas décimas de grado en algunas cavernas.
Así, decir que “una cueva tiene siempre la misma temperatura” es una simplificación. La estabilidad aumenta principalmente cuando existe suficiente distancia respecto del exterior.
¿Qué temperatura puede tener una cueva?

Un ejemplo concreto se encuentra en las Lehman Caves, dentro del Parque Nacional Great Basin, en Estados Unidos. Allí, el NPS informa una temperatura cercana a 50 °F durante todo el año, equivalentes a unos 10 °C, con una humedad relativa que suele encontrarse entre el 90% y el 100%.
Esa cifra no se repite en todas las cavernas. La latitud, la altitud y la temperatura media de la región influyen considerablemente. Estudios científicos también confirman que, en muchas cuevas, las zonas profundas presentan temperaturas cercanas al promedio anual exterior, aunque existen excepciones producidas por corrientes de aire o agua.
Las cuevas también pueden tener su propio “clima”
Aunque sean estables, las cavernas no están completamente aisladas. El aire puede entrar y salir por sus bocas, grietas y conductos invisibles. Si poseen entradas situadas a diferentes alturas, las diferencias de temperatura pueden generar un efecto chimenea que impulsa corrientes internas.
También puede influir el agua. Un río subterráneo o una gran cantidad de agua procedente de la superficie puede transportar calor o frío hacia el interior.
Incluso existen cuevas de hielo capaces de conservar hielo durante todo el año. Algunas tienen una forma que permite que el aire frío y pesado entre durante el invierno, descienda y quede atrapado, mientras que el aire cálido del verano encuentra dificultades para desplazarlo.
Por eso, la tranquilidad térmica de las cuevas no es producto de un sistema que mantenga artificialmente la temperatura. Es consecuencia de algo mucho más simple y enorme: la roca que las rodea actúa como un gigantesco amortiguador frente a los cambios que ocurren en la superficie.
