Una tortuga marina puede recorrer cientos o miles de kilómetros por el océano y, cuando llega el momento de reproducirse, regresar a la misma región costera donde nació muchos años atrás. Es uno de los viajes más sorprendentes del mundo animal.
¿Cómo encuentra el camino después de tanto tiempo? Los científicos todavía investigan todos los detalles, pero existe abundante evidencia de que varias especies pueden detectar características del campo magnético de la Tierra y utilizarlas como una especie de mapa natural.
¿Cómo utiliza el campo magnético una tortuga marina?

Aunque no podamos verlo, nuestro planeta está rodeado por un campo magnético. Sus características no son idénticas en todos los lugares: cambian, entre otras cosas, su intensidad y la inclinación con la que sus líneas atraviesan la superficie terrestre.
Las tortugas pueden percibir esas diferencias. Experimentos demostraron que las tortugas bobas o cabezonas (Caretta caretta) distinguen variaciones tanto en la inclinación como en la intensidad del campo. Como ambas características cambian geográficamente, su combinación puede proporcionar información sobre la posición, casi como un mapa de baja resolución.
En 2004, otro experimento publicado en Nature mostró que tortugas verdes (Chelonia mydas) respondían correctamente a campos magnéticos que simulaban diferentes lugares. Los resultados demostraron que estos animales poseen un sistema de navegación basado, al menos en parte, en información geomagnética.
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La “firma magnética” del lugar donde nace una tortuga marina
Una de las principales hipótesis propone que las tortugas registran durante su juventud las características magnéticas de su región natal. Años después, cuando llega el momento de reproducirse, esa información podría ayudarlas a encontrar nuevamente esa zona.
Una investigación publicada en Current Biology en 2015 aportó una pista muy llamativa. Los científicos analizaron 19 años de registros de nidos de tortuga boba en Florida y los compararon con los pequeños cambios naturales que experimenta el campo magnético terrestre.
Cuando las señales magnéticas correspondientes a zonas costeras vecinas se acercaban entre sí con el paso del tiempo, los nidos tendían a concentrarse en espacios menores. Cuando esas señales se separaban, los sitios de anidación también aparecían más dispersos. Para los investigadores, ese patrón constituye una evidencia importante a favor de la llamada impronta geomagnética.
Un estudio posterior, publicado en 2018, encontró además que las diferencias del campo magnético entre playas estaban relacionadas con la estructura genética de distintas poblaciones de tortugas bobas, aportando otro indicio de que la navegación magnética influye en dónde regresan a reproducirse.
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¿Regresan siempre exactamente a la playa donde nacieron?
No necesariamente. El llamado retorno natal no significa que cada tortuga encuentre el mismo metro cuadrado de arena donde salió de su huevo.
Olive Ridley Project explica que algunas hembras regresan a su playa natal, mientras que otras anidan en otra playa situada dentro de la misma región. Además, el campo magnético terrestre cambia lentamente con los años, por lo que la señal asociada a un determinado tramo de costa tampoco permanece completamente inmóvil.
Los científicos creen que el campo magnético resulta especialmente útil para los grandes viajes por mar. Cuando las tortugas ya se aproximan al área buscada, podrían combinar esa información con otras pistas locales. Una revisión científica de 2019 considera que la navegación magnética tiene un papel central en estos desplazamientos, aunque todavía quedan aspectos del mecanismo por resolver.
Una orientación que comienza desde muy pequeñas

La relación con el campo magnético aparece temprano. Cuando las crías llegan al océano utilizan inicialmente señales visuales y el movimiento de las olas para orientarse mar adentro. Una vez alejadas de la costa, pueden continuar su recorrido utilizando una brújula magnética.
Más sorprendente todavía: investigaciones con tortugas bobas jóvenes indican que algunas respuestas a los campos magnéticos parecen ser innatas. Animales que nunca habían realizado una migración modificaron su dirección al ser expuestos a campos que representaban distintos sectores de sus futuras rutas oceánicas.
Lo que todavía no se conoce por completo es cómo detectan físicamente el magnetismo. Sabemos bastante sobre las señales que pueden percibir y las respuestas que producen, pero el mecanismo biológico exacto continúa bajo investigación.
Así, cuando una tortuga marina regresa después de años a la región donde nació, no necesita recordar visualmente cada rincón del océano. Su extraordinario sistema de orientación parece aprovechar una característica invisible del propio planeta como guía para encontrar el camino de regreso.