Alguien aplica perfume en un extremo de una habitación y, segundos o minutos después, otra persona puede reconocerlo desde lejos. No vemos nada atravesar el ambiente, pero millones de moléculas aromáticas ya comenzaron un viaje desde el frasco hasta nuestra nariz.
Una parte fundamental del fenómeno se llama difusión: las moléculas presentes en los gases se encuentran en movimiento continuo y aleatorio y tienden a mezclarse. Pero una habitación real tampoco tiene el aire completamente quieto. Corrientes generadas por la ventilación, diferencias de temperatura e incluso el movimiento de las personas ayudan a transportar el aroma mucho más rápidamente.
¿Qué ocurre cuando rociamos un perfume?

Un perfume contiene numerosas sustancias aromáticas mezcladas generalmente con alcohol y otros componentes. Muchas de estas moléculas son volátiles, es decir, pueden pasar con relativa facilidad desde el líquido hacia el aire.
Al presionar un atomizador, además, el líquido se fragmenta en una enorme cantidad de gotas diminutas. Esto aumenta mucho la superficie expuesta y favorece que parte de sus componentes se evapore.
Una vez en estado gaseoso, las moléculas responsables del aroma quedan mezcladas entre las moléculas de nitrógeno, oxígeno y otros gases que componen el aire.
La temperatura también puede influir. En condiciones más cálidas, muchos compuestos volátiles se evaporan más fácilmente, por lo que una fragancia puede proyectarse con mayor intensidad.
Mirá También

¿Cómo se inventó el perfume?
¿Cómo ayuda la difusión al perfume?
Las moléculas de un gas nunca permanecen inmóviles. Se desplazan continuamente, chocan unas contra otras y cambian de dirección.
La difusión es el proceso por el cual unas sustancias se mezclan gradualmente con otras debido a ese movimiento molecular. Cerca del lugar donde aplicamos perfume existe inicialmente una concentración elevada de moléculas aromáticas. A medida que pasa el tiempo, estas se distribuyen hacia regiones donde su concentración es menor.
Este fenómeno puede ocurrir incluso en ausencia de una corriente de aire deliberada. Los experimentos con gases muestran que distintas sustancias terminan mezclándose aunque nadie las agite.
Sin embargo, existe una precisión importante: la difusión molecular por sí sola no explica la rapidez con la que un aroma puede recorrer una habitación grande. Las moléculas chocan innumerables veces contra las del aire, por lo que su avance neto mediante difusión resulta mucho más lento de lo que sugeriría su enorme velocidad individual.
Las corrientes de aire transportan el perfume mucho más rápido

Aunque no sintamos viento, el aire de una habitación casi nunca está completamente quieto.
Un radiador, una ventana, un equipo de aire acondicionado o simplemente una persona caminando generan movimientos. También aparecen corrientes porque el aire caliente asciende y el más frío desciende.
Estas masas de aire pueden arrastrar con ellas las moléculas aromáticas. Ese transporte, conocido como convección o advección, permite que el perfume cubra varios metros mucho más rápidamente que mediante la difusión molecular sola.
Por eso dos personas ubicadas a la misma distancia pueden percibir el aroma en momentos distintos. Una corriente puede conducir primero las moléculas hacia un sector particular antes de que terminen distribuyéndose por todo el ambiente.
¿Cómo sabe nuestra nariz que llegó el perfume?
Para que exista un olor no alcanza con que las moléculas estén en el aire: finalmente deben alcanzar nuestro sistema olfativo.
El Instituto Nacional de la Sordera y Otros Trastornos de la Comunicación de Estados Unidos explica que, en la parte superior de la nariz, existen neuronas sensoriales olfativas equipadas con receptores especializados. Las moléculas microscópicas liberadas por distintas sustancias estimulan combinaciones de esos receptores.
Las neuronas envían entonces señales al cerebro, que interpreta el patrón de activación y reconoce un olor determinado. Por eso no “olemos a distancia” en sentido literal: para detectar un perfume, al menos algunas de sus moléculas tienen que llegar físicamente hasta nuestra nariz.
Así, un aroma que atraviesa una habitación realiza un viaje completamente invisible. Primero sus compuestos abandonan el líquido, después se mezclan mediante difusión y son transportados por las corrientes de aire. Finalmente, unas pocas moléculas alcanzan nuestros receptores.
La próxima vez que alguien use perfume al otro lado de una habitación y podamos reconocerlo sin verlo, estaremos detectando el final de un recorrido microscópico realizado por la materia a través del aire.
